Bendición Urbi et Orbe

Por Jorge Slayer - 8 de Abril, 2007, 14:52, Categoría: Religión ---

Su Santidad el Papa Benedicto XVI impartió la bendición Urbi et OrbeComo es tradición el Domingo de Resurrección (valga el pareado), el Papa ha impartido la bendición Urbi et Orbe. Y sin querer entrar en detalles para explicar en qué consiste, sí que diré que se trata de la bendición solemne que imparte a los fieles, con indulgencia plenaria, el Domingo de Resurrección y el día de Navidad.

El mensaje que en esta ocasión ha querido trasmitir Su Santidad es bastante claro: frente a las modernas doctrinas que niegan la existencia de Dios basándose en el sufrimiento de los inocentes (piénsese en los argumentos clásicos: si Dios existiera, no dejaría que los niños de Africa murieran de hambre), conviene recordar que Jesucristo no resucita para erradicar el sufrimiento del mundo.

En efecto: la alegría de esa resurrección, de esa victoria de Cristo sobre la muerte, no nos debe hacer olvidar el matiz. El sufrimiento no desaparece, como tampoco la libertad humana (y es precisamente por el mal ejercicio de esa libertad, que existe el hambre en el mundo), sino que con Cristo resucitado cobra un nuevo sentido. El miedo a la muerte, y al sufrimiento, hace que el ser humano se someta al pecado, de forma que quiera olvidar sus problemas acudiendo a cualquier cosa que le impida pensar en ellos.

Y es aquí donde el Resucitado aparece en nuestras vidas, con esa frase cálida que reanima nuestras esperanzas: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» (Jn 20, 21)

Esa frase no significa: alegraos, porque ya no sufrireis. Al revés, el sufrimiento está presente en la vida de todo ser humano (creyente o no), con la diferencia de que en Jesucristo resucitado todo cobra un nuevo sentido. Sufrir sin creer, es como leer la partitura de una sinfonía en clave equivocada: las notas carecen de armonía, y sin duda desecharemos la melodía por disonante sin saber que es culpa nuestra, que ignoramos cómo interpretarla, y no del compositor.

Así pues, el creyente que ve en su vida a Jesús resucitado, sabe que ese miedo que por su naturaleza tiene a la muerte (o a los problemas cotidianos, a cualquier cosa que le quite la vida: el paro, la enfermedad, etc), está superado y vencido. Sabe que la muerte no es lo definitivo, sino que la paz que Cristo le trasmite le permite entender mejor sus sufrimientos cotidianos, y el sufrimiento final de la muerte.

Y aquí, en este momento, entra en juego la segunda parte de la cita: "Como el padre me envió, también yo os envío". Porque nadie debería, después de entender su sufrimiento y de contemplar las llagas de Cristo resucitado, guardar esta revelación para sí mismo, sino más bien proclamarla para consuelo de muchos, especialmente de los que sufren. Pues como claramente dice: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo." (Mt 28, 19-20).

A eso es a lo que estamos llamados quienes hemos encontrado la paz y la tranquilidad en esta Pascua de resurrección.


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